Al inmigrar he
dejado atrás mis raíces, la tierra en la que nací, mi lenguaje, mi familia, mis
hijos, amigos, las instituciones y grupos a los que he pertenecido y al llegar
a tierras nuevas llego sola, aun teniendo familia en la nueva tierra hay un
período de adaptación en el que todo lo que era ya no es, recuerdo haber
expresado “ Me he roto en mil pedazos y ahora estoy uniendo todo de nuevo, con
lágrimas y con amor” ese proceso mental y emocional me ha permitido
reencontrarme a mí misma, si bien en mi Barranquilla mi forma de comportarme
con todos tenía que ver con ese vínculo que se fue formando a lo largo de mi
vida, las relaciones con la familia que también eran inmigrantes y mi entorno más
cercano me permitió experimentar el sentimiento de no pertenencia, muchos me
llamaban “ la española” y era frecuente que me preguntaran, cuándo volviste de
España?, lo que avivaba en mí el deseo que siempre tuve, de volver a casa.
A lo largo de
esa ruptura interna he sentido la pérdida de casi todos mis roles, mis hijos no
están cerca, aceptar la real separación del que fue mi pareja, dejar de estar
atenta todo el tiempo del cuidado de mis padres y abuela, dejar a un lado mi
empresa, proyecto en el que me sentía llena de expectativas y que cada día
tenía una sorpresa y un gran aprendizaje. Y así, poco a poco se fueron yendo
las personas, las actividades, los títulos, disolviendo el valor que yo me daba
con cada uno de ellos, sintiéndome perdida, sin identidad, sin valor,
desconocida ante una sociedad a la que yo tampoco conocía.
Recuerdo una
sesión de biodanza a la que llegué “tranquila”, no tenía ganas de hablar en el
espacio de compartir nuestra emocionalidad y con sorpresa al comenzar, me
quebré en llanto y empecé a expresar el gran dolor que tenía y hasta ese
momento no me había dado cuenta de cómo me sentía, quebrada, antes cuidaba a
tantas personas y ahora otros cuidan de mí y me cuesta mucho aceptarlo. El merecimiento, el recibir, el darme la
oportunidad de ser contenida mientras mi transformación se da, perderme para
volverme a encontrar, ese ha sido mi camino, al igual que el de muchos otros,
desconectarme de lo externo para conectarme con mi interno, estableciendo un nuevo
diálogo, uno maternal hacia mí misma, atendiendo mis necesidades reales no
satisfechas como la niña que habita en mí.
Los
maravillosos espejos que me rodean me han mostrado muchos círculos viciosos en
los que me he quedado atrapada, como la queja, la falta de esperanza, la
estigmatización de mi edad o de haber nacido en otra “tierra”, todos mis
títulos logrados lejos y su falta de reconocimiento o es mi falta de
reconocimiento de todo aquello de dónde vengo? y la poderosa transformación que
ésta experiencia ha hecho en mí, éste viaje de auto-descubrimiento, de recuperar
la esperanza de que hay algo mas y encontrar un sentido real a mi vida, a mi
SER.
La
transformación mental que he tenido gracias al apoyo de muchos, de una empresa,
de mi hermana y cuñado que han sido mis padres simbólicos y que una y otra vez
reencuentro en figuras de jefes amorosos que me impulsan a descubrirme, a
enfocarme, a no bajar los brazos, a seguir adelante, porque estoy en casa, solo
que no me había dado cuenta y es a través de la PALABRA que comienzo a crear
semillas que poco a poco van dando frutos creando vínculos nuevos, sanos,
conscientes del dolor, pero también del amor, el amor que descubro poco a poco,
el amor hacia mí misma y el amor hacia todo y hacia todos los que me rodean,
restableciendo mi vínculo con mi origen, mi vínculo conmigo misma, con mi
propio territorio.